Ritalin: ¿La salvación o una adicción? PDF Print E-mail
Written by Tom Glaister   
Wednesday, 14 November 2007 00:00

 

Se calcula que más de cinco millones de niños toman Ritalin porque se les ha diagnosticado Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH o ADHD, por su nombre en inglés). Pero, ¿es que el TDAH es una verdadera enfermedad, o es que acaso estamos tratando los síntomas de un problema cultural? En una serie en dos partes, nuestro corresponsal itinerante, Tom Glaister, nos expresa sus dudas e inquietudes sobre esta enfermedad. El Dr. Henry Fishman, por otro lado, defiende el tratamiento en la segunda parte de este artículo de fondo.

 

 

 

Dopando a los jóvenes: el dilema del TDAH

 

Los fármacos promocionados agresivamente podrían no ser la respuesta a todos los problemas de comportamiento

Nota del redactor: En esta serie de dos partes, nuestro corresponsal itinerante Tom Glaister sugiere que el TDAH es más un fenómeno cultural que físico, mientras que el Dr. Henry Fishman no está de acuerdo.

12 de noviembre, 2007

La primera vez que escuché la palabra “Ritalin” fue cuando estaba trabajando como voluntario, enseñando matemáticas a una madre soltera que quería obtener su título de secundaria.

En medio de las fracciones y los porcentajes, tuve que agacharme para esquivar una taza de té que llegó volando por el aire y se estrelló contra la pared: su pequeño de cuatro años, Jason, se había despertado y quería atención. Después de un griterío y una pataleta, y el ruido de más cosas que se caían y chocaban, la mamá volvió abajo, después de haber puesto a su hijo en la cama.

“No descanso ni un minuto,” sollozó. “Él no para nunca. A veces, incluso el Jardín de Infantes me llama para que lo recoja porque es muy revoltoso.”

La solución, según el médico, era darle una dosis diaria de Ritalin, un fármaco cuya estructura es similar a la de las anfetaminas. A la mamá le resultaba difícil comprender cómo darle a su hijo una dosis diaria de anfetaminas iba a ayudarlo a tranquilizarse, pero inicialmente parecía estar funcionando y además, ella sentía que ya no tenía ninguna otra opción.

Todos recordamos al chico problema en la sala de clase. Aquél que nunca podía sentarse tranquilo y quedarse quieto, que les tiraba el cabello a las niñas y que olvidaba las direcciones que daba la maestra apenas después de un minuto. Solíamos calificar a estos niños como “chicos problema” o simplemente, “tontos.” Obtenían malas calificaciones, se ganaban una mala reputación y muchas veces terminaban abandonando la escuela, para alivio de todos.

Ahora, gracias al gran volumen de estudios genéticos y del comportamiento que se han realizado, la mayoría de estos chicos reciben el diagnóstico de TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, o ADHD por su nombre en inglés). En algunos casos, si no pueden concentrarse pero no son revoltosos, se los clasifica simplemente como TDA.

Como todo mal psicológico que se pone de moda, éste también ha venido acompañado por un fármaco que se ha comercializado muy hábilmente. En los últimos 20 años, Ritalin se ha convertido en una droga muy común en los Estados Unidos. Los grandes laboratorios farmacéuticos y los médicos han sido copartícipes en una agresiva campaña de comercialización hasta el punto que actualmente más de 5 millones de niños toman la pastillita a diario.

La salvación

Para los maestros, agotados por tener que tratar con niños inquietos, Ritalin inicialmente llegó como una verdadera salvación. Los chicos con problemas empezaron a prestar atención, comportarse mejor y permitir que la clase se desenvolviera normalmente. Las escuelas incluso empezaron a pedirles a los padres de niños revoltosos que les dieran Ritalin, o cualquier otro medicamento similar, tan pronto como fuera posible.

Caso contrario, argüían, los chicos no podrían aprender, se tornarían más rebeldes y anti-sociales. Y las estadísticas, después de todo, indican que muchos de los delincuentes jóvenes sufren de TDAH. Pues imagínese, si se los hubiera tratado a tiempo…

El TDAH se puso de moda, no sólo para los chicos sino también para los adultos, que encontraron en el mal una forma de explicar por qué razón les resultaba difícil concentrarse. Es genético, ¿ve usted? Recételes una droga y podrán concentrase en lo que tienen que hacer y organizar su vida.

Conocí una vez a un estudiante de medicina que estaba tomando Ritalin y que me dijo que la droga era vital para su educación. Sin ella, simplemente no podía estudiar más de cinco horas seguidas. Cuando le indiqué que pasar cinco horas memorizando largas listas de síntomas y enfermedades tal vez fuera difícil para cualquier persona, me miró como si estuviera loco.

La hiperactividad y los períodos de falta de atención son una realidad, de eso no hay duda. En todo el país hay familias que sufren porque tienen niños muy difíciles de controlar, que se desmandan.

Pero un fenómeno social no es necesariamente una enfermedad del cerebro, por lo menos no una que deba tratase con una droga adictiva. Realmente hay algo que no funciona cuando tenemos que darles pastillas a cinco millones de estudiantes para que se queden quietos en un salón de clase.

Cuando yo era pequeño, los maestros siempre se quejaban de que yo estaba soñando despierto. Vivía en mi propio mundo de fantasía y no prestaba atención a lo que estaba escrito en la pizarra. No completaba las tareas y me prohibían salir a la hora del recreo, hasta que la maestra finalmente se daba por vencida.

Si hubiera nacido 20 años después, probablemente me habrían diagnosticado TDA y me habrían atiborrado de Ritalin para ayudarme a mejorar la concentración.

Pero yo no necesitaba drogas. No me concentraba en la escuela porque mis padres se estaban divorciando, y además encontraba que las lecciones eran increíblemente aburridas. Sin embargo, hoy por hoy, con unos horarios cada vez más apretados en las escuelas y unos programas de estudio cada vez más ambiciosos, es más fácil echarles la culpa a los genes y recomendar medicamentos.

Reloj, mueve las manecillas

Recuerdo que gran parte de mi atención en la escuela estaba dirigida a las manecillas del reloj del salón de clase, que yo trataba, con todas mis fuerzas de mover más rápidamente, hasta la hora mágica de la libertad. Sólo muchos años después me di cuenta que esto simplemente era un entrenamiento para la vida laboral que me esperaba.

Afortunadamente, en ese mundo no es necesario quedarse quieto ocho horas por día. Si por ejemplo, uno tiene los síntomas de TDAH que se manifiestan como exceso de energía, un trabajo como barman o vendedor o empresario podría caerle como anillo al dedo.

Después de todo, el mundo es mejor porque los seres humanos somos muy diferentes y tenemos una amplia gama de talentos. ¡Lo que esperamos de un contador es muy diferente de las expectativas que tenemos de un acróbata!

Sin embargo, la mayoría de las escuelas están estructuradas como si todos los niños fueran iguales. No existen suficientes recursos como para que la enseñanza se ajuste a las fortalezas y flaquezas de cada estudiante. El programa de estudios y el día de trabajo se han estructurado de tal modo que cubran las necesidades del estudiante promedio, a expensas del niño que tiene dificultad para funcionar en un sistema de ese tipo. A no ser que estén dopados.

¿Algo nuevo?

Pero, ¿de dónde viene el TDAH? ¿Es que siempre ha habido millones de niños en los Estados Unido que tienen dificultades para concentrarse, o es que se trata de una nueva enfermedad?

Los últimos análisis científicos parecen apuntar a una causa genética. Los estudios indican que la enfermedad se pasa de los padres a sus hijos y que existe una diferencia notable en el cerebro de los niños que tienen TDAH o TDA.

Por supuesto, podríamos decir lo mismo del cerebro de los monjes budistas que meditan mucho, o del de los músicos profesionales. Por como no soy neurólogo, prefiero no adentrarme en ese tema.

De hecho, no es fácil discutir con los científicos. Son especialistas en su campo, la evidencia siempre parece abrumadora y en todo caso, decenas de millones de dólares por concepto de venta de medicamentos dependen de que sus análisis estén acertados.

Lo que sí podemos hacer es observar algunos de los cambios en nuestra cultura en los últimos 50 años y preguntarnos si lo que observamos en los niños hiperactivos es en realidad un síndrome.

En mis viajes por todo el mundo he tenido la oportunidad de observar cómo se crían los niños en países no tan modernos como los Estados Unidos. En casi todas partes, los chicos todavía juegan juntos en la calle sin que sus padres tengan que preocuparse porque alguien los rapte.

Regresan a casa al seno de una familia grande, y la responsabilidad de cocinar, criar, educar y entretener al niño está compartida entre tíos, abuelos o cualquier pariente que esté a la mano.

Y, ¿es que acaso no era también así en los Estados Unidos?

Sin embargo, ahora en los países industrializados por lo general se considera peligroso que los chicos jueguen solos afuera, así que en lugar de hacerlo se sumergen en un juego de computadora o un programa de televisión. Y ya que más y más personas viven solas, la tarea de criar y educar recae exclusivamente sobre los hombros de los padres, que ya de por sí están agotados y estresados al máximo. Me recuerda a una cita notable del programa de televisión “Los Simpsons,” cuando Bart le dice a Homero:

“Es que es muy difícil no hacerle caso a lo que me dice la tele: ha pasado criándonos mucho más tiempo que tú.”

Déficit de atención de los padres

Es posible que algunos de los chicos que toman Ritalin estén sufriendo un déficit de atención: un déficit de atención por parte de sus padres, quiero decir.

En cuanto a los adultos, el TDA tal vez sea un síntoma del mundo en que vivimos, en lugar de una enfermedad con causas genéticas. ¿Por qué razón, por ejemplo, es que a pesar de los fantásticos aparatos que hemos inventado que se suponía nos iban a ahorrar tiempo, – la lavadora, la aspiradora, el teléfono celular, – parece que hoy en día tenemos menos tiempo que nunca antes?

¡Y para qué mencionar la era de la adicción a la tecnología en la que parece que vivimos! En una sociedad en la que esperamos que todo esté a nuestra disposición 24 horas al día, la distracción es la norma.

La conversación íntima, interrumpida por el timbre del teléfono celular. Despertarse por la mañana y verificar cuántos mensajes electrónicos hemos recibido, antes de siquiera lavarnos la cara.

Los autores Edward Hallowell y John Ratey, en su muy popular libro “Driven to Distraction” (“TDA: Controlando la Hiperactividad”) argumentan que:

“La sociedad norteamericana tiende a causar síntomas de TDA en todos nosotros. El tren de vida acelerado. La frase breve. Los rápidos cortes. El control remoto de la tele. Es importante recordarlo, pues de lo contrario podría pensar que todos aquellos que conoce padecen de TDA.”

Bueno, de acuerdo, todo esto no es más que una especulación. Pero también lo fue aquella observación de que el niño parece más hiperactivo después de tomar bebidas gaseosas o de comer dulces. E inicialmente esto se consideró absurdo.

Hasta que un grupo de científicos ingleses publicara:

“Los resultados acreditan la noción de que los aditivos en los alimentos exacerban el comportamiento hiperactivo (falta de atención, impulsividad e hiperactividad.)”

Sí funciona

Por supuesto, al final del día, Ritalin sí que funciona. Pero si un niño aparentemente ‘mejora’ después de tomar un medicamento, esto no significa que el diagnóstico haya estado correcto. Las drogas que funcionan como las anfetaminas tienen el efecto de aguzar la concentración. Es por ello que los ejércitos se las dan a sus tropas en el campo de batalla.

El problema es que como casi todas las drogas, tienen efectos secundarios, causando problemas con de apetito, amnesia, glándulas del crecimiento y a veces el sistema cardiovascular.

No quiero decir que el TDA no exista, – sólo debo recordar al pequeño Jason lanzándome una taza de té – pero el afán de diagnosticar a todos los niños que tienen problemas con un síndrome cerebral, está fuera de toda proporción. Por un lado, se convierte en una profecía que tiende a cumplirse por su propia naturaleza, en la que un niño cree que para funcionar bien en la sociedad, debe consumir fármacos.

Los adultos pueden decidir por sí mismos si quieren o no tomar medicamentos. Si el Ritalin los ayuda a cumplir con sus obligaciones diarias, por lo menos tienen la madurez para optar por esta alternativa. Pero cuando los trabajadores sociales presionan a los padres para que les consigan recetas a sus hijos, pues entonces hemos llegado a una situación completamente ilógica.

Ver también: El TDAH: una enfermedad real 

Last Updated ( Thursday, 15 November 2007 04:40 )